Ir al contenido principal

La gracia en medio del quebrantamiento

 


“Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma. Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera” (Génesis 32:30-31).


Hay momentos en que nos sentimos devastadas por las dificultades; son intensas, constantes y muchas veces se presentan juntas. Tendemos a sentir que todo a nuestro alrededor se derrumba. Nuestra alma parece apagarse alejándose del Señor. Pero es allí, en medio de la aflicción, donde encontramos la oportunidad de ver a Dios obrar con mayor poder. No es un camino que desearíamos tomar, pero puede convertirse en un instrumento que Dios utiliza para nuestro crecimiento espiritual.


Los atajos no son una buena opción


Jacob fue un hombre marcado por el engaño y por su deseo de obtener la bendición que Dios había prometido. Su deseo era legítimo, pero los medios que utilizó para alcanzarlo estuvieron marcados por el engaño y lo llevaron a experimentar dolor y consecuencias profundas. Suplantó a su hermano para obtener la bendición de su padre, provocando el odio de Esaú, la tristeza de Isaac y la separación de su familia. Trabajó duramente durante años lejos de su tierra; fue engañado y experimentó situaciones en las que no recibió el reconocimiento que esperaba. A través del sufrimiento y la prueba, Jacob fue quebrantado hasta quedar sin fuerzas, completamente dependiente de Dios. 


En Peniel, Jacob luchó con un varón hasta el amanecer. Cuando aquel varón vio que no podía con él, tocó el sitio del encaje de su muslo, y Jacob quedó herido. Aquella noche marcó un antes y un después en su vida. Allí recibió un nuevo nombre: Israel. “Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (Génesis 32:28).


Jacob salió de Peniel con renguera, pero también con una nueva conciencia de quién era Dios y de su propia necesidad de depender de Él. “Dame, hijo mío, tu corazón, Y miren tus ojos por mis caminos” (Proverbios 23:26). Dios anhela que le confiemos toda nuestra vida sin reservas. Uno de los grandes impedimentos para hacerlo es el orgullo, porque, aunque parezca invisible, muchas veces termina haciéndose evidente en nuestra manera de vivir.


El polvo es un buen punto de partida


El polvo no siempre marca un final; muchas veces puede ser el lugar desde el cual Dios inicia algo nuevo.

En Génesis 2:7 Dios formó al hombre del polvo de la tierra, dando inicio al comienzo de la humanidad: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Y en Juan 9:6 Jesús utilizó polvo para sanar a un ciego: “Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego”.


El polvo no es un símbolo de destrucción, sino de nuevo comienzo en las manos del Alfarero. “Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel” (Jeremías 18:5-6). 


Puede que sientas que la adversidad te está destruyendo, pero aun en medio de ella Dios puede estar tratando con tu corazón, formando en ti una dependencia más profunda de Él. Lo que parece un final puede convertirse, en Sus manos, en el comienzo de una nueva etapa espiritual.


Una relación más profunda


En Isaías 57:15 leemos. “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. 


Anhelamos una relación más profunda con el Señor y muchas veces es precisamente en medio del quebrantamiento donde aprendemos a depender de Él de una manera que antes no conocíamos.

En Juan 12:24 Jesús dijo: “En verdad les digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. El quebrantamiento puede llevarnos a reconocer que no somos suficientes en nuestras fuerzas. El orgullo y toda apariencia de piedad son totalmente destrozados. Le quita al hombre todo aquello de lo que pudiera aferrarse y jactarse, permitiéndole así asemejarse a la imagen de Cristo al tener una revelación más profunda de su persona. El tener este conocimiento hará que pasemos de manera diferente esos tiempos de prueba y quebranto. Dios lo usa para moldear nuestro carácter a la imagen de Jesucristo y fortalecer nuestra fe mediante la dependencia de Él.


Cede el control


Sabemos que todo aquel que se arrepiente de sus pecados y deposita su confianza en Jesucristo ha sido justificado por la fe. Sin embargo, aunque hemos sido salvadas por gracia, todavía necesitamos ser transformadas diariamente por el Señor.

Podemos conocer estas verdades en teoría y, aun así, luchar en la práctica con nuestro deseo de controlar nuestra propia vida. Podemos confesar con nuestros labios: “Señor, Señor”, pero seguir intentando gobernar nuestros propios caminos.

Por esta causa, Dios puede utilizar las adversidades para tratar con nuestro “yo” y mostrarnos la verdadera condición de nuestro corazón. Las pruebas pueden llevarnos a reconocer nuestra profunda necesidad de Cristo y nuestra absoluta dependencia de Él. “Pues tú eres la fuente de vida, la luz con la que vemos” (Salmo 36:9 NTV).

Nos cuesta reconocerlo y aceptarlo. Podemos mirarnos al espejo y pensar que estamos bien. Podemos pasar largos períodos sin una vida espiritual genuina, sin una vida de oración a puerta cerrada. La ausencia de un sentido profundo de nuestra pecaminosidad no significa que seamos menos pecadoras; puede significar que todavía no hemos permitido que la luz de Dios examine nuestro corazón.

Debemos arrepentirnos y vivir en una dependencia más profunda de Su gracia.

Cuando se presentan situaciones que no podemos controlar, descubrimos que nunca tuvimos el control absoluto que creíamos tener. Y allí aprendemos a descansar en Aquel que siempre lo ha tenido.

Confía, Dios está obrando

La vida cristiana es imposible vivirla afirmado en el “yo”; solo es posible por la vida de Cristo y el poder del Espíritu Santo en nosotras. Somos débiles, lo veamos o no; pero la buena noticia es que el poder de Dios se manifiesta precisamente en nuestra debilidad.

El Señor le dijo a Pablo: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). 

Esta firme verdad debe ser causa de gozo porque muchas de nuestras lágrimas, no han sido por juicio, sino por gracia. Es gracia que Dios nos lleve a adquirir un profundo sentido de nuestro pecado y de nuestra necesidad de dependencia absoluta a Él. Cuando nuestras fuerzas se terminan es el momento en el que podemos reconocer que necesitamos las fuerzas de Dios. En ese dolor, Dios nos lleva al arrepentimiento y a la humildad. Es allí donde por fin podemos decir “¡Amén!” con todo fervor a las palabras de Cristo: “…separados de Mí nada pueden hacer” (Juan 15:5). Y cuando lo reconocemos; ya no de labios, ya no por religión, estamos listas para ver la gloriosa verdad de que Dios está en absoluto control.

Definitivamente, el quebrantamiento es una experiencia dura, pero Dios puede utilizarlo para avivar nuestro corazón y llevarnos nuevamente a Él. Necesitamos el quebrantamiento para ser avivadas. Esa misericordia severa puede compararse con el carbón encendido en los labios de Isaías; que quema y duele, pero limpia. El profeta, al ver la santidad de Dios, experimentó este quebrantamiento: “¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6:5). 

Un regalo que duele, pero que transforma

En Cristo, el morir a nosotras mismas, es un regalo de Dios. Es un regalo que duele, pero es un regalo que purifica; nos muestra la verdad, nos trae esperanza y produce un deleite más profundo en Cristo. Nadie quiere atravesar desiertos, pero muchas veces es precisamente en ellos donde aprendemos a escuchar nuevamente la voz de Dios. Allí nuestras lágrimas pueden convertirse en una oportunidad para contemplar a Cristo más hermoso y precioso que antes. Y, al final, nos lleva a una rendición absoluta a Su voluntad. Deberá ser una elección y decisión  diaria, donde su gracia divina toma el control y nos vuelve a enamorar.

“A pesar de todo eso, llevaré a Israel al desierto, y allí, con mucho cariño, haré que se vuelva a enamorar de mí” (Oseas 2:14 TLA). ¡Cuan profundo y glorioso es Su amor!

El desierto no siempre significa desolación, abandono, olvido de parte de Dios. Puede ser el lugar donde Dios hable a tu corazón. Donde Dios observa tu actitud, esperando que derrames tu corazón a Él, y reconozcas que fuera de Él no hay quien salve.

 “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve” (Isaías 43:11).

Que podamos aprender a confiar en Él aun cuando no entendamos el proceso, sabiendo que Sus manos siguen siendo las manos del Alfarero y que nuestra vida sigue estando segura en Él.



Comentarios