Cuando escuchamos la palabra turbación,
no la asociamos con algo lindo o agradable. Todo lo contrario: pensamos en algo
inquietante, algo que trae angustia al corazón.
Si buscamos su significado, encontramos
palabras como: confusión, desorden, desconcierto.
En la Biblia, encontramos un versículo
muy conocido en Juan 14:1, que dice: “No se turbe vuestro corazón; creéis en
Dios, creed también en mí”. Este mismo versículo, pero en la versión NTV,
leemos: “No dejen que el corazón se les llene de angustia; confíen en Dios y
confíen también en mí”. Estas palabras fueron dichas por nuestro amado Señor
Jesucristo. ¡Qué palabras tan llenas de amor! En ellas podemos ver su cuidado
tan especial por nosotras.
Él, mejor que nadie, nos conoce y sabe que, si damos lugar a la turbación, no vamos a obtener nada bueno. Por el contrario, experimentaremos tristeza, angustia y desolación. Todas estas cosas nos alejan de Dios. Ponemos nuestra mirada en las circunstancias (enfermedades, problemas económicos, soledad) y no en Él.
Jesús nos está llamando a creer en Dios
y a creer en Él, a confiar y descansar plenamente en su cuidado fiel.
Hay muchas situaciones que quieren inquietar nuestro corazón. En algunas circunstancias podemos creer o pensar que es justificable sentirnos así, pero nuestra confianza en Dios debe estar por encima de todo.
En Hebreos 11:1, leemos: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. Cuando estamos turbadas, muchas veces es porque no estamos confiando plenamente. Es una señal de que nuestra fe se está debilitando. Recordemos que, sin fe, es imposible agradar a Dios.
Corre a sus pies
Cuando la turbación quiera apoderarse de nosotras, es el momento en que debemos correr a los pies de Jesús con suma urgencia, sabiendo que Él premia a quienes lo buscan. Al postrarnos ante Él, reconocemos que solo Él puede ayudarnos. Es un acto de humildad en el que dejamos de lado el “qué dirán”. Es una súplica en medio de nuestras situaciones, una entrega plena y una expresión de nuestra mejor adoración.
Si volvemos a Juan 14:1, Jesús no sólo nos está diciendo lo que no tenemos que hacer, sino que además nos da la salida, al decirnos que esa es la única manera en que obtendremos la victoria.
Los significados de la palabra turbación, nos muestran una gran verdad, cuando nos encontramos en ese estado, muchas veces nos sentimos confundidas y desconcertadas, sin saber qué hacer. No es un momento para tomar ningún tipo de decisiones, ya que las consecuencias podrían ser muy graves.
Jesús disipa toda turbación
En Hebreos 12:2, dice: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra de Dios”. Debemos poner nuestra mirada en Él. Al correrla, damos lugar a la desesperanza, ansiedad y el temor.
En Jesús encontramos el mayor ejemplo. Él sufrió, pero nunca quitó la mirada del Padre, y Dios lo premió. Él sufrió pero, menospreció todo eso, por cumplir la voluntad de su Padre. Su sufrimiento no fue en vano, como tampoco lo será el nuestro.
En este mundo, atravesaremos muchas situaciones difíciles, y en ocasiones, sufriremos. Dios nunca nos prometió lo contrario. Debemos tener presente que nos espera un futuro glorioso, una eternidad junto a nuestro Rey, donde estaremos disfrutando de su presencia.
Nada que tengamos que vivir en esta tierra, tiene comparación con lo que nos espera en el cielo.
Juan 14:27 dice: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. Esto lo dice Jesús, quien es el Príncipe de Paz, el Dios de paz. Solo Él nos puede llenar como nadie. Solo Él puede darnos estabilidad, firmeza y seguridad en un mundo tan inestable.
La paz que Dios da; no tiene que ver con la ausencia de conflicto. Tampoco es algo temporal. Es una paz que sobrepasa todo entendimiento y que podemos disfrutarla desde ahora mismo y hasta la eternidad, junto a Él.
Podemos vivir situaciones apremiantes, pero Él está con nosotras, como lo prometió: “y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”
Entonces, ¿Por qué turbarnos? ¿Por qué dejar que nuestros corazones se llenen de angustia? ¡Si en Él está todo lo que necesita nuestra alma!
En el Salmo 42:11 dice: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”.
En Apocalipsis 21:4, leemos: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. ¡Qué promesa tan gloriosa! Todo sufrimiento, un día se acabará y Dios mismo limpiará toda lágrima de nuestro rostro.
Entonces, cuando nos quiera asaltar la turbación, el miedo, la desolación; recordemos las palabras del Señor y aguardemos su cumplimiento, porque fiel es el que lo prometió.
En Habacuc 2:4b dice: “Mas el justo por su fe vivirá”. Que juntas podamos decir a viva voz: ¡Sí Dios, yo creo y confió en Ti!




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