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Del dolor a la bienaventuranza


“Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois” (1 Pedro 3:14).

Cuando nos imaginamos cómo sería una vida sin sentir dolor, pensamos en una bendición. Sería el deseo de cualquier persona; ya que el dolor se asocia con miseria y nos trae sentimientos de inseguridad, preocupación y miedo. Muchas veces, incluso se teme a la muerte solo al considerar el dolor.

Existe una condición médica muy extraña llamada insensibilidad congénita al dolor. Como su nombre lo indica, la persona que la padece no siente ningún dolor físico. Puede quemarse la mano o someterse a una cirugía extensa sin anestesia, sin experimentar dolor ni molestias. Sin embargo, lejos de ser una ventaja, quienes tienen esta condición la consideran perjudicial, ya que no cuentan con señales de advertencia cuando se lastiman.

Un sinónimo de dolor es la “tristeza”, un sentimiento provocado por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, insatisfacción y tendencia al llanto. Por eso, no es fácil ni agradable experimentarlo. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice en 2 Corintios 7:10 (NBLA): “Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte”.

El otro lado del dolor

Existe una tendencia a ver el dolor como algo negativo, no solo el físico, sino también el emocional. Muchos creyentes sufren al no entender lo que Dios está haciendo en sus vidas, preguntándose por qué permite ciertas situaciones. Quizás algunos estén clamando en su interior: “¡Por favor, no puedo más!”.

Al observar el dolor que invade nuestras vidas y nuestro entorno, surge una pregunta: ¿cómo podemos verlo como algo bueno? Paradójicamente, mientras quienes no sienten dolor lo desean para poder seguir viviendo, quienes lo padecen desean librarse de él.

Las Escrituras nos muestran que hay dos tipos de sufrimiento: aquel que proviene del pecado y la desobediencia que conduce a la muerte (Génesis 3:16–17); y aquel que está dentro de la voluntad de Dios para sus hijos, que produce arrepentimiento y conduce a la vida eterna. Este dolor tiene un buen propósito. Comprender esta verdad es fundamental para nuestro caminar con Cristo. Nos ayuda a reconocer que Dios puede transformar toda situación de sufrimiento en bendición y guiarnos hacia un crecimiento y madurez espiritual más profundos.

El peligro de una falsa enseñanza

Existe un gran peligro cuando no somos enseñadas correctamente sobre el propósito del dolor en la vida del creyente. Una idea muy difundida hoy, afirma: “Jesús sufrió en la cruz para que nosotros no tengamos que sufrir en la tierra”.

Si esto fuera cierto, los primeros en experimentarlo habrían sido sus seguidores. Sin embargo, la Biblia muestra lo contrario. El n Hechos 14:19 leemos cómo Pablo fue apedreado y dado por muerto. Lejos de detenerse, continuaron predicando con más fervor: “Para entrar en el reino de Dios es necesario pasar por muchas tribulaciones” (Hechos 14:22).

También en Hechos 5:40–41 se relata que los apóstoles fueron azotados, pero salieron gozosos por haber sido considerados dignos de sufrir por causa de Cristo.

No solo padecían, sino que enseñaban a otros con su ejemplo. Pablo le dice a Timoteo: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12).

¡Qué privilegio es recibir una enseñanza correcta, basada en la Palabra de Dios! Ella nos prepara, produce vida, gozo y firmeza en medio de cualquier circunstancia.

La verdad nos resguarda de caer en el engaño de ser una Iglesia “de cristal”, “frágil”, negando esta afirmación o queriendo evitar ese tipo de situaciones.

Si no entendemos el propósito del dolor, será fácil culpar a Dios o caer en amargura. Pero la Escritura nos desafía a una perspectiva diferente:

“Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1:2),

“Bueno es para mí haber sido afligido” (Salmos 119:71),

“A vosotros os es concedido… que padezcáis por él” (Filipenses 1:29).

La dicha del dolor

Podemos permitir que el dolor nos lleve a la amargura o podemos clamar a Dios para que nos ayude a atravesarlo. Su Palabra promete: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).

Una persona bienaventurada es dichosa, aun en medio del sufrimiento, porque todo lo que vive, es para gloria del Señor. Podemos derramar nuestro corazón en su presencia, donde encontramos refugio, renuevo y fortaleza.

Podemos dar testimonio de que Dios usa el dolor para llevarnos al verdadero arrepentimiento y para enseñarnos a confiar más en Él. Nos guía depender de su gracia y a crecer en la fe, siendo llenas de frutos de justicia por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.

“Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1Pe 5:10-11).

 


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